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Me voy fuera una temporada y he tardado en decidir que me llevaría en la maleta. Para facilitarme las cosas me hice una lista:

Un libro o dos siempre, por si no me gustan las vistas desde mi ventana, poder asomarme a otros mundos.

Un cuaderno y un bolígrafo por si lo que me apetece es inventármelo.

Un biquini de talle alto para disimular mis complejos donde nadie me conoce y otro pequeñito para lucir desvergüenzas, ante el guaperas reiterativo que instala su toalla siempre junto a la mía.

Solo bragas, para envalentonarme a hacer alarde de mi libertad femenina, aunque el movimiento involuntario incomode las conciencias.

Un poco del dinero de la hucha que hice para cambiar de coche y poder comprarme más tiempo en el paraíso.

Un móvil con poca batería y sin cable de carga, solo para decirle a mi madre que estoy comiendo bien y que viajar sola no es tan malo como ella cree. Que pena que estos aparatos no reciban el olor de los espetos o transmitan el sonido blanco de un amanecer.

Una cámara de fotos para guardar todo lo que no me quepa en las retinas y en la maleta.

Y, por último, y buscando un hueco dónde acomodarlo, el arraigo emocional que estoy trabajando. Pero como ya está a punto de reventar la cremallera, saco el móvil y le dejo el hueco por si de vuelta, me traigo un poco más vivida, un poco más sola y un poco más gorda.

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