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Cuando se rompió en mil pedazos
cayó haciendo el mismo ruido de un espejo que se estrella contra el suelo.
Miró su reflejo resquebrajado y calculó que hacía falta para reunir todos los trozos.
Para amontonarlos y comenzar el puzle que suponía la unión.
Fuerza, hacía falta fuerza y tesón,
y otras manos que le curasen las heridas;
y otra vida,
y otra vida,
y otra vida;
y la argamasa del amor que todo lo cura: el propio.
Cuando se rompió en mil pedazos
ya tenía otras grietas difuminadas por el tiempo.
Saber rehacerse no es una terapia,
es un consuelo.

Nia Estévez Portillo

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