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– Quizás sea mejor no llevarles la contraria– Me susurró mi mujer al oído.
Tendríamos que gastarnos algún dinero en arreglar la valla común. El perro del vecino, hasta ahora de buen talante, el vecino digo; la había destrozado de manera incansable, para meterse en nuestra parcela y pasear por territorio ajeno, acompañado del talante del dueño; y es que cuando tocamos el bolsillo, se nos agria el carácter y nos volvemos despistados. Pero más nos valía unos cientos menos en el banco, que el incansable careto de perro, del vecino, su mujer y su explorador canino.
Cambiamos la valla, pero los vecinos siguieron con cara de perro.

Nia.

Microrrelato concursante en “relatos en cadena” de Cadena Ser y Escuela de Escritores.

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