RAPIDO Y MAL

RÁPIDO Y MAL

RÁPIDO Y MAL (EL PUNTO CIEGO)

Somos totalmente conscientes de que se ha instalado en nuestra sociedad la idea absurda de que hay que hacer muchas cosas. Más aún si eres mujer, madre y menopáusica. Hay que levantarse temprano para trabajar, hacer la compra, la comida, la casa, deporte, socializar, culturizarse. Me canso solo de enumerar actividades. Hacer muchas cosas a lo largo del día supone limitar cada actividad a un tiempo breve que ni permite disfrutar de lo que haces ni permite casi pensar en lo que se está haciendo. Es agotador enumerar los productos de la lista de la compra que estás haciendo mientras vigilas el reloj porque tienes que recoger a los niños de las extraescolares o empieza la clase de spinning. Hablemos solo de lunes a viernes.

Cuando corres porque el tiempo no te alcanza, al final acabas haciendo las cosas rápido y mal. Todavía hay gente que se atreve a decir que lo que pasa es que no te organizas. Y a mí, que además me organizo fatal, ¡me dan ganas de arrearle con la barra de pan de pueblo que ni es de pueblo ni nada! porque me ha pillado en el súper con la barra en una mano y con el móvil en la otra, mientras empujo con el pecho el carrito, por ir avanzando. Lo peor es que me van proponiendo cosas y voy aceptando casi sin pensar ni mirar la agenda. Hoy esto, mañana lo otro y, para cuando me quiero dar cuenta, son las tantas de la madrugada y estoy terminando algo a lo que me comprometí y de lo que casi ni me acordaba. Así no se puede vivir. Yo no quiero vivir así.

Equivocarse es sano, pero al menos, hagámoslo cuando estamos atentos a algo y no ha salido como queríamos, pero no porque el tiempo se nos echa encima como si fuera una mochila llena de cosas por hacer que nos va rebosando cada día. Y no se trata de que vivamos rápido —que lo hacemos—, se trata de que vamos viviendo interrumpiendo una actividad con otra. Está todo por terminar.

Fui al ayuntamiento a hacer un trámite que podía haber hecho desde casa por no terminar de leer el correo completo. Me dio tanta rabia que me fui maldiciendo para mis adentros por haber perdido el tiempo de esa forma. Cuando estaba montada en el coche para seguir con las tareas, pensé que era mejor mirar la agenda para ver qué tocaba: hacer un envío, «no te olvides de nada». Me agobié. Pagué los casi cinco euros que me costaba el aparcamiento, por lo que maldije también, y cuando estaba fuera, me dije en voz alta: «Me voy a parar a desayunar, que son las once y pico y ni he comido». Lo que parecía control, anotado todo en la agenda día a día, hora a hora, de repente lo vi como todo lo contrario. Un descontrol absoluto estaba gobernando mi mañana, torpedeándome constantemente con la ansiedad de no llegar a lo que tenía que hacer. Menos mal que me di cuenta y decidí parar a desayunar, porque, ¿sabéis qué?, resulta que Correos abre casi todos los días.

Nia Estévez

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