VOLVER ANTES DE IRSE

VOLVER ANTES DE IRSE

Dar opiniones sobre cosas en general —sobre todo si te las piden como es mi caso en este periódico— supone ir retirando un velo que cubre al escribiente u opinionista (término italiano) sobre cómo es y cómo piensa. Es un descubrimiento lento el del lector, pero veraz, porque me parece que dar una opinión sobre cualquier tema no permite mentir en cierta medida. Opinar puede ser impulsivo o meditativo según la ocasión en que se presente. Por eso llamé a esta columna El Punto Ciego, por esa manía mía de meditar sobre casi todo y encontrar la parte que menos se mira, esa que queda escondida y a la que pocos prestan atención; y eso que siempre sentí cierto temor a dar mis opiniones por no ofender a nadie; y me miro ahora y hasta me gusto. Hacer uso de la expresión escrita con voluntad de comunicación y no de imposición es un placer para quien escribe habitualmente.
Quienes me leen ya habrán descubierto mi inclinación política, ciertas sensibilidades, partes de mi personalidad más evidentes y otras algo más íntimas. Algunos de vosotros sois muy perspicaces. Mis opiniones pueden ser, en ocasiones, confesiones. Soy intensa —término que nunca me pareció ofensivo— porque me reconozco vivir las situaciones cotidianas desde un poco más adentro que la mayoría y eso, casi sin querer, lo traslado a lo que escribo porque me ayuda a ordenar mis pensamientos.
El sábado anterior falté a mi compromiso con este artículo. Mi autoexigencia me torturó durante horas delante de este ordenador tratando de hablar sobre algo ajeno a lo que me afligía en ese momento (momento que va a alargarse mucho en el tiempo, me temo) y empeoró cuando recibí el correo del director de este medio, extrañado por mi tardanza en el envío del archivo. Confesé que mi bloqueo no me permitió escribir nada, cosa incierta en parte, porque sí podía escribir, pero no quería hacerlo sobre lo único en lo que podía pensar. Se lo expliqué, lo entendió y me tendió su mano (desde aquí se lo agradezco enormemente); pero durante todo el fin de semana medité sobre mí misma, mi intensidad, mi forma de escribir y, repasando los artículos anteriores, entendí que mi particular forma de la construcción en la asociación de ideas me daba margen para expresar aquello que no me deja respirar y que solo puedo sacar a través de la palabra escrita. Porque para mí, escribir es respirar. De modo que determiné, y lo hice con firmeza, que usaría esa capacidad para expresarme opinando sobre temas que rondan lo que siento ahora, sin que se convierta en reiteración. Sé que soy capaz, porque ya lo he hecho y porque confío —me lo habéis demostrado— en vuestra forma de leerme y de interpretar todo lo que escribo. Así que, si el señor Orantos no tiene inconveniente, volveré con cualquier otro tema que me remueva las entrañas, porque —y esto sí es una confesión— es el único sitio desde el que me amanece la escritura.

Nia Estévez (escritora)

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