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Te veo colarte entre las cortinas de mis ojos,
 para llegar a la profundidad de mis historias,
para hacerlas tuyas fundiéndonos en la misma piel,
 con los mismo ojos y en la misma vida.
 Así te veo.


Nia Estévez Portillo

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Capítulo 2. Mi madre me cuenta historias.

Mi madre me cuenta historias de mis abuelos, de mi padre alguna ha caído también, y es que, a pesar de haberles visto, de haberles mirado tantas veces, hay ocasiones en que los miramos de nuevo a través de los ojos de otros. De la experiencias de aquellos que vivieron con ellos y nos los devuelven con otro color, más brillante, que también nos hace sonreír. Hay personas con las que no convivimos, y que, sin embargo, nos son ausentes a consecuencia de los recuerdos de otros. Los hemos vivido a través de ellos y ahora son también un poco nuestros y es inevitable verlos a través de lo que la imaginación nos proporciona. Coloreamos los escenarios y les vestimos en consecuencia. Moviéndoles como la persona que los describe, les damos vida y un lugar en el recuerdo, aunque no nos pertenezcan del todo.

A mí me gusta mirar fotos. Mi madre tiene cajas llenas de mi gente y de otra que fue suya y que yo no conozco, pero les miro mientras ella me cuenta y puedo verlos de alguna manera. Las fotos nos guardan. No es solo una imagen, es un lugar, un momento, un tiempo. Se graban en papel, tan destructible como la memoria. A los dos les ataca el tiempo, las envejece, les roe retazos hasta que desaparecen y con ellos el recuerdo, y con el recuerdo somos nosotros los que nos convertimos en ausentes.

He llegado a una edad, no muy alta, en la que empieza a faltar gente a mi alrededor. Algún vecino de toda la vida, padres de amigos, gente que nos ha rodeado siempre y que ya están en ese límite que nos pone el corazón. Y es que me han dicho que para poder hablar de ausencias hay que tener cierta edad. Estoy de acuerdo en parte. Es cierto que cuánto más joven se es menos ausencias pueden contarse, y que la experiencia es un grado eso lo sabe todo el mundo, pero también creo que, con una sola de ellas, solo con una falta, puedes pararte a observar tus sentimientos. Es cierto que puedo contar pocas, por suerte para mí, y es cierto también, que cada una es diferente. Cuanta más fuerte haya sido la presencia de quién ya no está, más difícil se me hizo acostumbrarme al vacío.

Con mi padre me ocurrió algo que me pareció curioso. Su muerte fue una agonía para los familiares, y a la vez muy rápida e inesperada. Eso conllevó que me costara acostumbrarme a que ya no estaba ni estaría. Cuando caminaba por la ciudad distraída, me ocurría a veces que le veía. Estaba allí, cerca, caminando, y cuando mi cerebro reaccionaba a la imposibilidad de lo que estaba viendo, encontraba a un señor que no se le parecía en nada, pero que llevaba una camisa de cuadros parecida a una que él había tenido. Eso me pasó muchas veces, durante mucho tiempo después de su fallecimiento.
Supongo que mi cerebro se negaba a creer que ya no estaba, a pesar de la tristeza que me embargaba cada día por su ausencia. Según lo miro, me parece una contradicción, pero así era. No sé cuál es el motivo. Pero todas las veces, y aunque fuera solo por una décima de segundo, juré que le había visto.

El suelo de hierba pisoteado, dejaba el verde despeinado en todo el rectángulo de la zona de juego. En toda excepto en la portería, dónde el desgaste era tan evidente que solo quedaba tierra prensada. Por esa zona se movía él. Su cuerpo delgado, atlético, con las piernas finas, estaba tenso todo el tiempo. Siempre pendiente del partido y de mí. Mi presencia en algunos lugares a los que acudíamos era siempre bienvenida. Me llevaba con él a todas partes, a por cangrejos, a por higos, a pescar, a echar la partida, a tomar una cerveza y a sus partidos de fútbol.
Me dejaba a cargo de algún viejo, literalmente hablando, y el abuelete en cuestión, me dejaba colgarme de la barandilla de hierro grueso, pintada de blanco que acotaba el césped en todo el perímetro, mientras mi padre intentaba concentrarse en su juego y me miraba de reojo. Nunca me perdió de vista. Yo le miraba moverse de un extremo a otro de su portería, nervioso y mover la mano en el aire de cuando en cuando, queriendo decirme que estaba pendiente. Pero no hacía falta, yo lo sabía, le veía mirarme, le notaba constante. Me chocaba la mano cuando ganaban y se iba después de haberlo celebrado conmigo a abrazarse con los compañeros.
Del vestuario salía, sin rastro de sudor, con el bigote peinado, las manos limpias y habiendo abandonado la equipación de pantalón corto y camiseta con cuello de pico. Era guapo, siempre fue guapo. Antes de conocerle tenía el pelo largo y la cara fina, después de conocernos, seguía delgado y la cara algo más regordeta, poco, porque nunca fue grueso, y del pelo fue dejando algo por el camino de su vida.
Él quiso, quiso mucho, y a mucha gente, aunque a veces no supiera demostrarlo, aunque no supiera elegir bien las palabras. Quién le conocía sabía cuál era su forma de decir te quiero. Pedir perdón era más difícil. Era orgulloso, mucho, pero olvidaba rápido. No recuerdo haberle oído pronunciar un perdón, quizá lo hizo, pero le vi sonreírme muchas veces y más veces reír a carcajadas. Así se olvidaba todo. Recurrir a la felicidad inmediata de una broma, era un juego sucio que te desmontaba en un ¡tras! Era un tipo gracioso, pero de esos que son inteligentes, ocurrentes, de esos a los que no coges en un renuncio. Sus ojos sonreían y su bigote escondía sus dientes, al tiempo que una onda sonora, que repercutía en el que estaba enfrente, obligaba a hacerle eco.
Saludado por muchos y conocido por muy pocos, se metía en los líos de lo que sacaba a alguno que otro. La primera vez que le vi sin bigote y que puedo recordar, no me gustó nada. Ese señor con dientes y sin pelo, no era mi padre. Desconfiada le miraba los ojos, que aún eran suyos y tenían la misma expresión alegre, pero su cara, su cara no era la misma.

—No me gusta. — Fue una sentencia. Aunque era guapo también sin el mostacho adornando su labio superior.

—¿Porqué? — Se reía mientras se acariciaba la cara recién afeitada.

—Pues porque no. — Y me daba la vuelta huyendo del aspecto desconocido que me ofrecía.

El tiempo me dejo mirarle más veces y más detenidamente con la cara libre de vello, y aunque fueron pocas y aprendí a verle así, sigo en mis trece cuando afirmo a mis taitantos, que no me gustaba ni me gusta. Era un signo identitario de su persona. Podría resumir su identidad física en eso únicamente. Mi padre era Bigote.

Su actitud alegre era casi perpetúa, a todo le quitaba importancia, aunque mi paso trasteando le sacaba de quicio a veces y me tocaba la parte fea que todos sacamos alguna vez, y que como niños, hemos soportado también. Pero para esos momentos estaba su suegra, mi abuela.

La he visto correr hasta mi padre para escudarme tras ella ante una bronca, tantas veces, pero tantas, que no sería capaz de contarlas, porque probablemente habré olvidado muchas. Mi condición de niña trasto contribuyó mucho a aquellas carreras. Pero es que ella era incansable. Muchas eran las circunstancias en las que observarla era inquietante para mí. Curioseaba sus formas y sus gestos cuando ella se afanaba en alguna tarea. Su casa, ahora de mi madre, tenía la entrada al lado de la cocina y desde ahí la miré mil veces moverse rápida por la cocina, salando, mezclando, sacando del horno… Mientras mis padres trabajaban, mis abuelos se ocupaban de mí. A ella, tenerme en la cocina no le parecía buena idea, aunque lejos de echarle la culpa a mi culo inquiero, excusaba ponerme a jugar en la entrada con el miedo a que me hiciera daño.
Bueno, desde allí, la observé muchas veces moverse, desaparecer y aparecer de nuevo, siempre de espaldas, con su vestido azul de flores rosas, de sisa, de una tela a la que jamás he sabido ponerle nombre, pero ligera. Su pelo blanco, peinado de peluquería, siempre imperturbable. Sus orejas vestidas de algún pendiente grande, con media perla blanca rodeada de oro, muy pesado, alargaba su agujero hasta el infinito. Un par de anillos, también de oro, se enterraban en sus dedos. Dudo que una vez entraron en ellos, hubieran abandonado su lugar en algún momento.
Cuando tocaba salir a la calle, no se podía salir de cualquier manera, aunque solo fuéramos dos puertas más abajo a comprar a Casa de Pepe, el ultramarinos de confianza. La vi muchas veces retocarse el peinado, esperándola en la puerta del baño. Aplicarse el lápiz de ojos, el pintalabios y espolvorearse el perfume, antes de darse la vuelta, tomarme de la mano y marcharnos.

—Nos vamos. — Avisaba a mi abuelo antes de salir.

— Vale. —  Respondía bajito, sin mirar.

A mi abuela la he visto cortando pan duro para las migas, moviendo el picón del brasero, la he visto riñendo a mi madre, que ya era una mujer hecha y derecha, la he visto feliz, aunque no recuerdo su sonrisa, pero también la he visto llorar. Ese día, no sé qué de año, ni en que estación estaríamos, y no sé qué edad tendría yo, se me descolocó el mundo. Mi abuela no lloraba, las abuelas no lloran, solo quieren, nos besan, nos acurrucan y miman, pero no lloran, nosotros lloramos y ellas nos consuelan. Pero la mía lloraba, y después supe por qué. Cuando supe por qué, yo lloré también. La vi despedirse de los suyos, de mí no. De mí nunca. Yo nunca le dije adiós y ella a mí tampoco. Su foto fija en mi retina, la muestra en movimiento, con su vestido de flores.

A mi madre le oí decir muchas veces, que ella le dijo antes de irse, cuando todavía faltaba un tiempo para que fuera una ausencia, que mi abuelo sin ella se moriría, que tenían que estar muy pendiente de él. Y sabía de qué hablaba.

El porte alto de mi abuelo se vino abajo cuando ella se ausentó de nuestras vidas. Aquel hombre entero, de mirada seria, al que yo miraba desde abajo, tan pequeña me sentía a su lado, era serio. Siempre hablaba como si estuviera enfadado, aunque no lo estuviera. Vestido impecable, siempre con camisa, entraba y salía de casa solemne. Yo no sé a dónde iba o qué hacía, pero me daba igual. A mí los días que me gustaban eran aquellos en los que empezaba Informe Semanal y me llamaba para sentarme con él, a mirar la televisión y ver algo que no entendía, pero que veía con él.

—¡Corre que empieza! — y yo corría por el pasillo, esquivando cosas para sentarme a su lado.

Las películas de Paco Martínez Soria me gustaban más. Le veía emocionarse disimulando, y limpiarse la lagrimilla con el dorso de la mano y aquí no ha pasado nada. Cuando acababa la película se sorbía la nariz y a otra cosa. No era mucho de expresar sus sentimientos, pero le vi quererme muchas veces. Desaprobaba mi ropa o las horas de llegar, con quién salía o entraba y le hacía un tercer grado al que entrar por la puerta. Así mostraba su autoridad. Aprobando o desaprobando cosas o personas, aunque luego hiciéramos lo que nos diera la gana y no volviéramos a oírle un reproche. Llorar de verdad le vi solo dos veces, y en las dos acababa de recibir un beso por mi parte. Ahí no pudo disimular. Siempre le vi como un hombre culto, serio pero afable, que quería en silencio y más que hablar, sentenciaba.

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