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Un día, el calor de tu pecho
se posó en mi mejilla,
y me refugió en ese día
como me acogió aquel abrazo.
Nia Estévez Portillo.

Tacto

Capítulo3. No se puede recordar con claridad.

No se puede recordar con claridad el tacto, más bien el gesto, la sensación que nos provocó alguna vez. Esas sensaciones nos trasladan del mismo modo que puede hacerlo una canción, un olor, un parecido. Mi perra tenía el pelo medio largo, y no era del todo suave, excepto el de las orejas. Me encantaba tocarle las orejas, manosearlas, y ella no se quejaba lo más mínimo. Todo lo contrario, podría asegurar que le gustaba tanto como a mí. Sus orejas eran suaves, sí.
Tenía la costumbre de sujetarme la mano con la boca cuando caminaba. Es raro. A mí me parece como una manera de caminar agarrados de la mano si la asimilase a una persona. Yo caminaba y ella aparecía, sujetaba mi mano con su boca, apenas sin hacer presión y me acompañaba a donde quiera que me dirigiese, a menos que algo más importante llamase su atención. Entonces se marchaba, hacía sus tareas y volvía para hacer lo mismo que cuando se fue.
Su pelo era áspero, el de sus orejas suave y su boca húmeda y calentita. No sólo por el hecho de ser la boca, también por lo que significaba aquel gesto. Era mi amiga, mi acompañante, mi protectora. Mi perra era todo eso, y aunque podamos adoptar más mascotas, nunca jamás se sustituyen unas por otras. Cada una tiene su personalidad, sus costumbre y su manera de comportarse con nosotros. Son especiales y su memoria queda en la nuestra cuando se produce el vacío, cuando se convierten en ausentes. Se les echa de menos, mucho, muchísimo.

En mi abuela, el tacto frío de la brisa que levanta el abanico, me lleva a las noches imposibles de verano, cuándo mi abuela, incansable, lo movía a un lado y a otro, hasta que me quedaba dormida. Durante un tiempo incontable, porque para mí era todo mi sueño, ella aliviaba mi calor. Siempre es así. Un abanico por sí solo no puede devolverme a ella, pero el aire que genera al moverse con parsimonia, suave, lento, sí. Entonces era calor, fresco, calor, fresco, que me envolvían es un sueño tan lento como su movimiento, pero tan profundo como el de cualquier niño que ya vuelve a sentir nada hasta el amanecer. Por las noches un abanico me refrescaba, pero durante el día me acogía en su regazo, refugio de todo, y ahí ni calor ni frío.
Incluso cuando ya no podía acurrucarme en aquel espacio tan pequeño porque mis piernas sobresalían, aún entonces, pasaba un brazo tras su espalda para acomodarme mejor. Las piernas se me cansaban, el brazo se entumecía soportando el peso de su cuerpo, pero me negaba a moverme de allí, de su calor, de su pecho apacible y tierno. Podría haber pasado una vida allí dentro, escuchándola latir en el vaivén de su respiración, que me adormecía tanto o más que su abanico.
El tacto del aire acondicionado de mano era agradable, pero no tanto como su piel suave, aun así, los dos me llevaban al mismo sitio, causaban el mismo efecto tranquilizador y me adormecían en ella. Era suavidad en cualquiera de sus acciones. Como contrapunto, no hay nada en el mundo ni lo habrá, que me lleve al bigote hirsuto de mi padre. Solo su propio recuerdo. Aunque le sentaba mejor que la propia piel, agradable al tacto no era.
El beso raspaba y él lo sabía y nos enrabietaba con eso, colocando los labio apretados y empujándolos hacia adelante, levantando la mata de pelo y amenazando con un beso largo, apretado y seguido de una pedorreta, mientras empujaba para hacerlo más breve. Solo el restregar de mi mano por la mejilla adormecida, borraba el rastro de su bigote. Sin embargo, ese recuerdo contrasta con la espalda pintada con el bolígrafo Bic del colegio, en un garabato infinito, que le costaba un par de días quitar bajo la ducha. Llegó a darme algunas monedas alguna vez, para que aceptara a pintarle la espalda. Se quedaba frito, hasta el punto de no enterarse de que me había levantado de mi posición a horcajadas sobre su lumbar, para marcharme. El bolígrafo se movía ligero sobre la piel, dejando su marca azul, roja después de borrarlo.
Escribía palabras, monigotes o rayas inconexas hasta que se dormía. El tiempo pasaba sin pesar, sin darme cuenta, hasta que el batiburrillo de líneas era tal, que, no habiendo espacio, o habiendo terminado con la imaginación, me aburría y no me quedaba más remedio que levantarme, dejándolo allí, en un profundo sueño, con la espalda rayada.

Menos suave era la mano de mi abuelo, cuando me sujetaba parados en el paso de peatones, apretando fuerte, no fuera a echar a correr, digo yo. Mirábamos a los dos lados, para asegurarnos de que no venía nadie, volvíamos a mirar y cruzábamos rápido. No era hasta que habíamos pasado el bordillo un metro, bien dentro del límite de la acera, que me soltaba y podía notar la falta de presión, el alivio de la sangre correr otra vez por mi extremidad. El cargo de la nieta le suponía una tensión claramente visible, incluso para mí, que le apremiaba a que no se preocupara, y le prometía no hacer ningún acto de rebeldía propio de mi edad (lo que intentaba con todas mis fuerzas), solo para que se quedara algo más tranquilo, sabiendo que había más posibilidades de llegar a casa con la niña de una pieza.
Sus besos fueron pocos y no raspaban, y aunque fueron escasos, fueron de verdad. Un beso de mi abuelo era como un ejemplar único, si tenías uno, te sentías un privilegiado. Una de las pocas personas que tenía un ejemplar único era yo. Eran pocos, pero eran importantes.

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