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Mi amigo Rashid

Desde la ventana de mi habitación las personas parecen hormigas y yo me veo como un gigante. Mi madre dice que antes de tomar decisiones importantes, intentemos mirar el mundo con perspectiva. Creo que sé lo que quiere decir.

El aula de este año es igual que el anterior, los compañeros son los de siempre y como las mesas se disponen de dos en dos, otra vez me senté solo. No me importa, suelo ir a mi bola, cuando me dejan. Veo septiembre como un comienzo.

A los dos meses de empezar las clases, sobre noviembre, nos presentaron a Rashid. Todos le llaman el morenito, aunque yo le veo negro como el carbón. Se sienta conmigo todos los días, pero no habla. No dijo una palabra en los dos meses siguientes. Empezó con algún insulto que reverberaba como un loro cuando se enfadaba, no tengo claro que supiera que significan sus palabras, pero sí entendía que son puñales.

Pasó algún tiempo más antes de que se dirigiera a mí directamente. Allá por enero, una tormenta desatada en el pasillo nos dejó hablarnos, aunque sin decir una palabra, él desde el suelo, yo desde la sombra de la columna que apagaba mi presencia. Nos miramos como en un espejo, solo nosotros nos vimos, y cuando se fueron todos y nos quedamos al refugio de una soledad transitoria, le sacudí la espalda porque no sabía como secarle los ojos. Entonces supe que Rashid era mi amigo y yo el suyo.

De eso han pasado siete meses, porque ya es abril, y muchas tormentas en las que por primera vez es otro el que se moja y no yo. Pero mi amigo ha dejado de venir y otra vez estoy solo. Le he visto caminar junto a su madre hacia otro colegio y me he parado a saludar. Resulta que habla español, aunque un poco raro. Me alegro de verle contento, pero maldigo la suerte que se ha ido con él y que no creo que vuelva a mi aula a hacerme compañía.
Sé que no cambiarán las cosas. Casi un año es tiempo y perspectiva suficiente para tener la certeza de que hoy, yo tampoco vuelvo a clase.

Nia.

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3 comentarios en «MI AMIGO RASHID»

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