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Oído

Te escucho en la niebla del suspiro
que corrió a buscarte
a la soledad de los lamentos,
allí dónde dejé que se apagara,
el sonido de la llama de mis versos.

Nia Estévez Portillo

Capítulo 4. Personas con sensibilidades especiales.


No sé si creerme que hay personas con sensibilidades especiales. Mi madre estuvo rogando al cielo que mi abuela apareciera como en un halo de luz, o que le hablara al oído durante la noche, el tiempo que duró su duelo. Si lo piensas en frío, esa súplica pone los pelos de punta. Pero la tristeza por la ausencia nos hace desear esas cosas.
Hace tiempo conocí a una mujer con ese tipo de aptitudes sensoriales, llamémoslo así, a la que acudí acompañando a una amiga. Una vez allí decidí entrar a ver que tenía que decirme, solo por curiosidad, solo por atender a la insistencia de la sala dónde esperaba, que era parte de su casa, solo por cubrir el tiempo que había perdido esperando. Entré decidida a no pagar a una estafadora, es más, entré decidida a desmontarla haciendo alarde de algo de grosería, pero, fue ella la que me desmontó a mí.

– No voy a pagarte nada, así que si quieres lo dejamos ya. – Se lo dije no habiendo cerrado del todo la puerta, mucho antes de tomar asiento. Era el primer contacto con aquella mujer, porque desde su silla no se veía la sala de espera, y desde la sala no se veía nada de dentro aun abriendo de par en par.

– Yo no te he pedido dinero, no cobro, no hay caja. Siéntate. – Su templanza era mayor que la mía, o sus tablas, pensé yo.

– Mira no me creo nada de esto y me temo que lo que me vayas a contar va a ser tan generalizado que puede que aciertes, pero como acertarías con los mismo argumentos en cualquier otro.

– Si ya sabes lo que te voy a contar, ¿para qué has entrado? – Su forma de hablar era lenta, calmada, sus ojos me miraban serenos.

– Porque me han empujado un poco a venir.

–¿Quieres irte?

– No. – Tarde algunos segundos demás en contestar. Realmente tenía curiosidad, pero ya no de lo que tenía que contarme, ahora era ella la que me llamaba la atención y tenía la necesidad de observarla durante un rato, de ver como se desarrollaba aquella reunión extraña.

Me dijo muchas cosas que no me creí. Sin embargo, volví con la misma amiga y añadimos al paquete a un chico que era mi noviete por aquel entonces, nada serio. Esta vez fue diferente, porque mi amiga no soltó prenda, pero el chico lo contó como el que cuenta una noticia del periódico y, cual fue mi sorpresa, al comprobar que sus predicciones coincidían con las mías. Nos reímos mucho esa tarde, la llamamos embustera y nos fuimos a casa.
Han pasado veintitrés años de aquella mujer. Aquel noviete es mi pareja y todo lo que nos dijo por separado, sin habernos visto nunca juntos, se cumplió. Los pelos se me ponen como escarpias, pero lo admito muy a mi pesar, todo se cumplió.

En aquella sala de espera se decían muchas cosas, entre ellas, que aquella mujer de carácter dulce que te invitaba a la calma solo con mirarte, hablaba con los ausentes, con los suyos y con los de los demás. Que veía en otras personas las mismas capacidades que ella misma tenía y que podía enseñar a usarlas. Que esas voces que nos despiertan gritando nuestro nombre son ellos, los ausentes, que no están, pero que aún no se han ido.
Puede que nuestro subconsciente nos juegue malas pasadas y al negarnos a decirles adiós, creamos que estarán con nosotros un tiempo, puede que sea cierto, puede que no.
Yo todavía no me creo nada y alguna cosa a la vez. Todavía recuerdo a aquella mujer, sus ojos, su voz, sus palabras. Yo todavía vivo lo que me dijo que viviría. No hay lugar para las elucubraciones, sus palabras fueron concretas, tan concretas como los hechos. Yo todavía me pregunto si, como decía la gente de aquella sala, su voz, era la voz de los ausentes.

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