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El repartidor

Cuando aquel coche blanco se metió en la circunvalación a toda velocidad, Ángel llevaba como media hora repartiendo mercancía. Recibió un mensaje de entrega urgente y decidió acortar el camino por el cinturón metropolitano de Granada mientras se concentraba en crear una ruta más rápida para llegar al destino, pero aquel vehículo que casi lo embiste, le sacó de su carril, movió la mercancía y casi provoca el choque de dos coches más que iban en la misma dirección.

Cuando el corazón volvió a latir a un ritmo normal, maldijo a aquel loco y cogió el teléfono apoyado sobre unos albaranes en el asiento del acompañante, para marcar el número de la Guardia Civil. Según le comentaron, ya estaban avisados, y el dispositivo para detener al loco del coche blanco estaba en marcha. Le aconsejaron que se alejara del vehículo en cuestión, pero su adrenalina estaba por las nubes y no pensaba dejar pasar, la única cosa que le pasaba interesante desde hacía semanas.
Pisó un poco el acelerador y se plantó detrás del loco. Su cabeza se dividía entre el miedo a la velocidad que llevaba y el entusiasmo de aquella salida de tono de su monotonía, aun así, no se planteó la opción de abandonar.

Recorrieron bastantes kilómetros antes de que divisara las luces azules parpadeantes de un coche de la Guardia Civil a lo lejos. Aquí sí se vino un poco abajo y levantó el pie del pedal hasta alcanzar la velocidad máxima de la vía. Le sacó mucha distancia, pero pudo ver desde lejos como dos guardias le daban el alto. Supuso que aceleraría y pasaría de largo, pero para su sorpresa paró.
Aquel tío se bajó del coche y se fue directamente hacia el hombre de uniforme, mientras Ángel arrugaba los ojos para ver mejor desde tan lejos. Se adivinaba algo en su mano y no tardó mucho en descubrir que era lo que portaba, porque a los pocos segundos sonó un estruendo tan fuerte que superó el sonido de la radio de la furgoneta de Ángel y traspasó los cristales cerrados y la cortina de aire que envolvía el vehículo en su trayecto.
Se sobresaltó y se desvió hasta el arcén, al mismo tiempo que el loco volvía a montarse en su coche para huir. El guardia sangraba profusamente, su compañera se agachó para intentar socorrerle, y Ángel volvió a rescatar su teléfono, que se había movido hasta el suelo y estaba encajado en los raíles del asiento del acompañante, obligándole a salir del coche y dar la vuelta para cogerlo.
Temblando, llamó a una ambulancia que le puso aún más nervioso pidiendo datos sobre lo acontecido mientras aquel guardia se desangraba sobre el asfalto. Cuando colgó el teléfono, lo lanzó dentro de la furgoneta sin mirar donde caía, y corrió hasta donde aquel hombre yacía junto a su compañera, que intentaba por todos los medios parar el flujo de sangre que salía de su ingle. No lo consiguió.

Nia Estévez Portillo

Basado en una noticia de 2018 de El País.

https://niaestevezportillo.com/tienda/

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