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Estiró los brazos y ligero,
el viento le rozó las alas (húmedas),
no la dejaban volar.
Cántale que se sacuda,
cuéntale dormida
para que sueñe.
No hay zapatos que le pesen,
ni caminos que la lleven a ninguna parte,
no hay oscuridad
ni sol que la ciegue.
¡Planea! escucha el silencio
en el eco de las nubes y vuela.
Y voló, y fue libre.
Entonces, regresó.
Nia.
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