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EL CRISTAL VERDE
EL CRISTAL VERDE

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Llevaba muchos años intentando borrar la escena de su cabeza, por eso cuando estaba despierta, aquellos intentos se traducían en tensión y violencia verbal. Cuando dormía, la pesadilla la devolvía una y otra vez a aquel lugar oscuro y sucio, a la muerte de Alba y ahora a una habitación de hospital que no conocía, pero, que reverberaba en su cabeza, imaginándose a un hombre recién salido del coma, con cicatrices como las suyas. No hubo violación, no pudo, ella llegó antes y la niña se defendió hasta la muerte, ¿Qué juicio, qué sentencia sería la suya?.
Tomó la decisión de que aquello tenía que terminar. Ella era joven y se merecía seguir viviendo, aunque en esa vida cupiera no dejar de alimentar su dolor. Pero todavía podía volver a ser madre, tenía tiempo de eso y de elegir otra vida nueva. Empezar desde el principio.

A partir de ese día, del momento en que tomó las riendas, sus visitas al despacho de Isabel cambiaron. Se abrió en canal para poder cerrar las dos cicatrices que permanecían abiertas a pesar de los años. Le contó punto por punto su experiencia, esa que Isabel ya había leído en los informes de la paciente 276, pero desde la perspectiva de la realidad vivida y no contada por un tercero en un papel.
Dejó que lo viera todo desde su posición tras el hombre al que apuñalaba. Le dibujó a Alba tal y como ella la veía antes y ahora. Lloró en silencio y también gritando, y así, entre el consuelo frío de que alguien te escucha y recoge tu dolor, fue recuperando la calma y la capacidad de pensar más allá de aquellos muros, de aquel jardín, del chándal gris, del gordo de Mateo y de la propia Isabel, que de pronto ya no le caía tan mal. Ella, ahora, sabía más que el doctor Moreno, con el que se había negado a hablar de ciertos sentimientos.
Una complicidad que se respiraba en aquel despacho cuando estaban juntas, dio pie a Isabel para dejar caer algunos detalles sobre su vida personal. Así fue como Helena supo que también era madre de una niña, y fue capaz de ponerla en su piel, aunque solo fuera por un segundo, abandonando por segunda vez su papel de psiquiatra y volviendo al de una madre que mira a otra que ya no lo es.

Isabel, siempre tan profesional, notaba su cambio de lado en los sentimientos y tras un carraspeo que la ayudaba a salir de sus pensamientos personales, volvía a ser la psiquiatra que ya no trataba a una posible asesina, sino, más bien, a una homónima dolida por una causa que, para ella, era imposible de llegar a entender del todo. Por mucho que alguien imagine como sería perder a una hija, nunca llegaría a acercarse a la realidad. Mucho menos en aquellas circunstancias.

Las sesiones aumentaron, la complicidad creció y la calma de Helena era palpable. La herida de su mano no volvió a abrirse, dejando su palma de un color diferente a la de su otra mano, tomando matices del lila, con una piel arrugada que nunca llegaba a tener la misma temperatura que la izquierda. Helena estaba diferente, más aseada, más derecha, incluso la había visto sonreír.
La recuperación de aquella mujer era tan evidente que una sombra de desconfianza acompañaba a Isabel en cada sesión. Pero después de varias semanas, más de un mes, no había encontrado ningún indicio que le dijera que aquella mujer no estaba rehabilitada para la vida corriente. Los presos comunes entraban y salían de la cárcel constantemente. El propósito era darles la lección que los llevara a salir teniendo una vida como la del resto de los mortales. Helena merecía lo mismo que aquellos atracadores y violadores, que tenían menos razones que ella para cometer sus delitos.
Dudó muchas veces de si misma, de sus razones, de su diagnóstico, pero tampoco tenía motivos ya para retenerla en aquel lugar. Helena sería una mujer que jamás volvería a ser la misma, pero los motivos que la habían llevado al intento de asesinato no volverían a repetirse, su cordura claramente trastocada, no volvería a estar entera, pero, ¿Quién estaba totalmente cuerdo en este mundo lleno de locos?

Cerró el sobre con su firma y lo mandó al juzgado. Una semana después Helena salía por la puerta del centro sola, con una bolsa de deporte vieja y sin mirar atrás, cruzó la calle.

Dos días antes de salir, Isabel le dio la noticia de su liberación incluso antes que su abogado.

—Gracias Isabel, me has ayudado más que nadie de aquí dentro, más que Moreno. — Le apretaba las manos mientras hablaba en el preludio de un abrazo.

— En realidad has sido tú sola. Necesitabas desesperadamente curarte de tu herida y solo cuando decidiste el momento adecuado todo empezó a fluir. Ya está bien, creo que será algo que no superarás nunca, creo que es imposible, pero has aprendido que puedes vivir con ello. Date una oportunidad, nadie se merece lo que te pasó y no es justo que tu vida empiece y acabe en ese momento. Vive desde hoy en adelante. — Helena pensó que el discurso era innecesario, aunque emotivo. Le dio el abrazo.

—Gracias. — Y se giró para volver a su cuarto y preparar lo poco que tenía, sin esperar respuesta por parte de Isabel, que la miraba marcharse, convencida de que su trabajo estaba bien hecho, convencida de la oportunidad cedida a aquella mujer, satisfecha por el cambio que había provocado con su esfuerzo y perseverancia en el comportamiento y pensamientos de Helena. Creyendo realmente que le había regalado una vida nueva.

Isabel bajó las escaleras hasta la puerta principal para verla marcharse y por primera vez, se dio la libertad de pensar en Helena como una persona real, y dejó que algunas lágrimas resbalaran por sus mejillas antes de recogerlas con la mano, sin prisa, pensando en aquella mujer, en la niña y en la escena que la llevó a estar encerrada durante aquellos años. A compadecerse de ella. Dejó que un odio infinito, tenso, la embargara, obligándola a cerrar los puños, y deseó de corazón que el coma del hombre hubiera resultado en muerte. Pensó en su propia hija y el miedo la envolvió en un abrazo frío mezclándose con una ira desconocida. Cogió aire y lo expulsó con fuerza para desembarazarse de todo lo que estaba sintiendo, mientras miraba a Helena caminar hacia su nueva vida.

Un mes más tarde, no sabría si reiterar aquellos sentimientos de odio o sentirse culpable.

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