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EL CRISTAL VERDE
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EL CRISTAL VERDE

Estaba vivo. Había pasado todos esos años en coma y ella casi había dado por hecho su fallecimiento, pero no había muerto, estaba vivo, aunque todavía no coleaba. Eso aumentaba de forma drástica las posibilidades de salir de allí. Ya no recordaba a que olía el aire fuera de aquel recinto, de aquel jardín, de aquellas paredes. La ciudad estaría cambiada, la gente, el barrio. Lo único que seguiría igual serian su casa y su dolor. La asimilación de la noticia le estaba costando, la había respirado, pero se había quedado atascada en algún lugar entre el pecho y la tráquea que no la dejaba respirar. Se ahogaba.

—¿Te encuentras bien? — El abogado se puso nervioso ante la escena.

Helena inhalaba con dificultad, se estaba mareando, la cicatriz le ardía y se orinó en los pantalones del chándal. El abogado se levantó del banco haciendo aspavientos con los brazos y llamando a gritos al enfermero que le había indicado hacía apenas unos minutos, cuándo Helena cayó al suelo sin conocimiento.

«Helena recogía a su hija Alba de las clases de ballet a las cinco y media todos los miércoles, después, entraban en la pastelería que quedaba dos puertas más abajo para comprar un par de dulces para merendar, se los comían de camino al aparcamiento de pago y se marchaban a casa. Esa era su rutina de los miércoles por la tarde. Sin embargo, ese día, ese miércoles, esa tarde, Alba decidió soltar la mano de su madre y salir a esperar en la puerta de la pastelería. Helena eligió y pagó, pero Alba no estaba. Caminó nerviosa llamando a su hija calle arriba y abajo. Volvió a las clases de ballet, pero ella no había pasado por allí.
El miedo intenso y descontrolado se apoderó de ella y corrió sin control por las calles adyacentes, llamando desesperada a su hija con un nudo en el estómago que no la dejaba ni correr, ni respirar, ni gritar. Un grito cercano le llamó la atención. Era Alba, era su timbre, era ella, lo sabía, igual que una madre reconoce el llanto de su bebé en una sala llena de niños. Era Alba. Siguió el sonido y su instinto y la puerta semiabierta de un almacén abandonado le devolvió el sonido, otra vez. ¡Mamá!
Entró. Una oscuridad iluminada por los ventanales altos llenos de mugre, ofrecía una sala amplia y sucia. La porquería se acumulaba en la puerta y el perímetro, teniendo que apartar con los pies la basura para no tropezar. ¡Mamá!
Lloraba. Alba lloraba. Corrió hasta el final de la sala y vislumbró en un rincón más oscuro y más sucio a su hija, bajo un hombre corpulento. El miedo se convirtió en ira. Se agachó para tomar del suelo cualquier cosa que pudiera servir para defender a la niña y cuando tuvo la mano llena, se abalanzó sobre él, al tiempo que este golpeaba a la niña en la cabeza y dejaba de llorar, al instante. Helena golpeaba y golpeaba y golpeaba sobre la espalda, el cuello y la cabeza de aquel hombre, de aquella bestia, escuchando solo el eco de sus gritos, nada más.
Notó la humedad en su mano y la abrió dejando caer de ella, el vidrio verde de una botella rota, y un hilo profuso de sangre. La sangre del hombre se mezclaba con la suya y con la de la niña. En aquel almacén había tres personas, solo una de ellas muerta, un agresor y una defensora, pero la justicia decía que allí, en aquel momento, había tres víctimas. Pero solo un cadáver.»

Unos minutos de reanimación más tarde, la llevaron a una habitación de la zona de enfermería, dónde al cabo, recobró la consciencia. El abogado, Isabel, el enfermero que después supo que había cargado con ella hasta allí, y un médico por todos conocidos, rodeaban la camilla, pendientes de su reacción al despertar.

—Helena…

—Despierta Helena.

—Doctor, ¿está consciente? — Se interesó el abogado.

Helena abrió los ojos y se arrepintió de no haber muerto en el jardín. Le dolía el pecho, y le sangraba la mano. Se había clavado las uñas en la cicatriz, que se abría permanentemente. Las palabras del abogado volvieron a su cabeza y lloró con toda su rabia, por no haber hecho bien el único trabajo que tenía aquel fatídico día: ser madre. Sus movimientos convulsos sobre la camilla, obligaron al médico a ponerle un sedante y dejarla dormir. La pesadilla continuó. La misma que cada noche volvía a no dejarla dormir, a revivir su agonía. Les rogaba a los dioses de todos los mundos conocidos o místicos, que le dejaran ver a su niña una vez más. Solo una vez más, lejos de la imagen de la criatura inerte, vestida de tu-tú rosa y sucia.

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