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Ahora que mis huesos fueron a dar de bruces contigo otra vez, despierta mi corazón entumecido por el tiempo y la ausencia. Quiero escribirte ahora, que los recuerdos me envuelven como la brisa que acompaña tu paso y acaricia tu piel. Envidio esa brisa.
Puedo recordar tan vívido como si acabara de ocurrir, el día que atravesaste aquella puerta a tu futuro y a mi locura. Allí de pie, mientras observabas la habitación que acogía tu llegada y a los que allí te recibíamos, me vi inmersa en el infinito de tus ojos, y dibujé una sonrisa, que se tornaría infinita y siempre ligada a ti.  Nos cruzamos en lo indescifrable del tiempo y en el momento oportuno, que hizo que nunca fuera posible contarte, siquiera, la tormenta de fuego que me quemaba el alma. Quizá me engañe, pero por un tiempo pensé que tus miradas estaban cargadas del mismo anhelo que las mías. Quizá me engañé al esperarte.
Puedo decir sin temor a la mentira, que nunca antes, jamás, me había visto imbuida en el abismo de deseo en que me sumergí contigo. Nunca te toqué, apenas nos encontramos tan cerca como puedan permitir el decoro y la vergüenza, tan lejos me parecía, que la piel lloraba tu ausencia y una fuerza que no puedo explicarte, me obligaba a alejarme del dolor que me provocaba tu lejanía, tan cercana a la vez. Más doloroso si cabía.
Nunca me atreví a decirte nada en palabras, solo con los gestos delatores que sé, tú entendiste.
Desde que la despedida me rompiera la vida, te veía en todas partes, te buscaba inconsciente por la calle, en las canciones que me curaban las heridas, en el reflejo de mis lágrimas, en la primavera de mi amor desbordante y desbordado. Siempre me mantuve entera, plagada de la argamasa, que mantiene unidos las dos piezas en las que me descompuse cuando te conocí, y es ahora que mis huesos van a dar de frente contigo, cuándo me desmorono y no me queda mas aliento que el que me lleva a escribirte esta confesión, que me deja el alma al descubierto, para que hagas con ella y conmigo lo que quieras.
No quiero mendigarte amor, porque el amor no nace del corazón, es un huracán indomable que no se sabe de dónde sale y tampoco hacía dónde nos dirige. A mí me llevó hasta ti, y por momentos me alegro de albergar en el humilde recipiente que es mi cuerpo, el deseo de tus formas, y por momentos me maldigo, por la mala suerte que mece mis aguas, escupidas al viento por el dorso de mi mano, en un intento desesperado de arrancarlas de dentro. Un manantial inacabable, son mis lágrimas y mi amor.

Justo por eso, porque es inacabable, me reconduciré hacía otros brazos que me acogan, quizás. Pero la verdad y una parte de mí, será siempre tuya. No importa el tiempo que pase, no importa cuanto nos llueva, te perteneceré por el resto de mis días.

Te escribo a la sombra de un amor desesperado y no espero respuesta, solo el desahogo de vaciarme en tinta. Me despido durante el tiempo que me permita la mentira de decirte adiós, pero no sin dejar claro, ante todo, que:

Te quiero.

Feliz San Valentín

Nia.

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