Relato ganador del XXII certamen nacional de relatos cortos de la Asociación de Mujeres Progresistas de Badajoz.

Este relato está registrado y tiene copyright, por lo tanto, cualquier copia del texto, al completo o fragmentado, será penado según las leyes de propiedad intelectual. Además, será publicado por la Diputación de Badajoz en edición no venal.

Sirva de prólogo de la novela que estoy terminando.

PUTA PENA

Mi nombre es Ana María, tengo cuarenta y tres años, y soy puta. Bueno, en realidad la puta no soy yo, es mi alter ego. La otra yo se llama Candela. Ella trabaja los fines de semana en el polígono cerca de mi casa. Yo limpio hogares ajenos de lunes a viernes por la mañana. Nací en una familia de clase media, de esas que ni frío ni calor. Madre trabajadora, padre currante, dos hermanos y varios perros a lo largo de mi infancia. Vivía en un barrio obrero, muy vivo a todas horas, con jaleo en bares de reuniones familiares. Mi colegio era concertado porque era el único cercano al barrio que tenía comedor. Mis padres trabajaban mucho y los horarios coincidían muchas veces a lo largo de la semana, de modo que la solución más evidente era la de que me dieran de comer en otro sitio y otras personas. Nunca me gustó. Cuando me preguntaron en clase qué quería ser yo de mayor, tuve que pensarlo mucho. En realidad, siempre me pienso mucho las cosas, y la mayoría de las veces sirve para lo mismo que si lo hubiera hecho sin pensar. El caso es que, cuando me preguntaron, no lo sabía y solo se me ocurrió algo que ya había oído a alguno de mis compañeros con anterioridad: bombero. —Pero Ana, corazón, eres una niña, ¿no prefieres ser enfermera, por ejemplo? —Me encogí de hombros. Cuando me preguntaron qué quería ser de mayor, yo todavía no sabía lo que era una puta. Aun siendo una profesión, porque así intentan dignificarla, no se le plantea a las niñas o niños cuando les ofrecen una lista de ejemplos de profesiones. En realidad, la lista es bastante limitada ahora que lo pienso. Médico, policía, bombero, presidente del gobierno, político… Nadie elige nunca algo como, taxista, herrero, camarero, limpiadora o puta. Yo elegí bombero por la presión, pero nada más lejos de la realidad. Fui a la universidad y estudié lo que me gustaba, que nada tenía que ver con apagar fuegos. Ciencias de la tierra y medio ambiente. Ahí es nada. Nunca he trabajado de nada que tenga que ver con eso, porque, aparte de que solo se me ocurre la chica del tiempo, tampoco tenía claro eso de salir del barrio, de la ciudad, de la zona de confort. Se ve que tenía que pensarme bien qué hacer con mi carrera antes de hacer nada, pero entre unas cosas y otras, conocí al que fue mi marido. ¡Ay Felipe! El camarero más guapo, más borracho, más drogadicto y más putero que he conocido jamás. Claro que de todo eso me enteré cuando ya teníamos tres hijos (algo que sucedió en un santiamén), ni un duro en el banco, y la casa desahuciada. Mi madre, la pobre de mi madre, me recogió en su casa después de que le diera la patada a Felipe. Nunca me he divorciado, eso era casi más caro que la boda de chichinabo que hicimos, de esas íntimas, que es lo que se dice cuando tampoco tienes mucho que gastarte y sabes que los invitados están casi peor que tú. Pero mi madre, esa mujer trabajadora que me llevaba a un colegio concertado, suspiró y me abrió la puerta un poco más, para dejarme entrar con los niños y algunas maletas. Soy la pequeña de tres hermanos y siempre he pensado que llegué de rebote. A mis hermanos les fue mejor con su carrera, a lo mejor porque lo pensaron menos y en cuanto tuvieron la oportunidad, salieron del barrio y de la ciudad con un petardo en el culo, y casi sin decir adiós. Ahora mi casa y la de mis hijos es la de mi madre. La que está cerca del polígono. Mira, todo el mundo quiere vivir cerca del supermercado y del trabajo, eso es lo ideal. Yo, aparte de lo cercano del polígono, tengo a tres calles el Mercadona. Nadie, excepto yo, sabe de la existencia de Candela. Mis hijos y mi madre creen que los fines de semana y tratando por todos los medios de llegar a fin de mes, limpio un polideportivo. Mi coche de segunda mano es mi coartada. El viernes por la noche, salgo de casa vestida con vaqueros después de besar a mis hijos y a mi madre, me voy en mi coche sucio, y cuando estoy llegando al polígono me paro en una gasolinera, donde las dos chicas que trabajan allí, que son unas niñas maravillosas, me dan la llave de los aseos. Me arreglo, y cuando salgo ya no soy Ana, es Candela quien devuelve la llave del baño, guiña un ojo y les recuerda que las verá en un rato (unas cinco horas) para regresar a casa, volviendo a ser Ana. La peluca le da a Candela un aire divertido que llama la atención. Cortada en corto, al estilo francés, casi no le cabe la melena debajo de la redecilla que la sujeta, para que no se le salgan los mechones morenos. Es delgada y va prácticamente en pelotas. Aunque sea invierno. Lencería del mismo color de la peluca, algo más intenso, es lo único que lleva. Bueno, lo único no, una levita ligera, negra como de escay malo y rancio, larga hasta los tobillos, la tapa cuando no pasa nadie a quien tentar. También lleva un aire de suficiencia que la envuelve, y parece que, en lugar de lencería y tacones de plataforma, llevara unos Manolos y un traje de Dolce Gabbana. Ella está allí porque quiere. Candela fuma, muchísimo y lo hace con estilo, expulsando el humo despacio. El frío de fuera se contrarresta con el humo caliente que aspira su boca en cada calada. Lo expulsa despacio porque cuanto más tarda en salir de la boca, más tiempo se entretiene observando y preguntándose que parte será humo y que parte vaho. Si un cliente se acerca, Candela también, porque ella es dulce y coqueta y folla como los ángeles, cuando se lo piden. Pone ojitos y se monta en el coche del príncipe que la llama para llevársela a un hotel con cortinas de terciopelo y apliques dorados, sin frío, pero con vistas al mismo polígono. Eso es lo que ella ve desde los asientos traseros del BMW en el que se acaba de montar. Después recoge el fruto de su esfuerzo y se lo guarda en las tetas delante de él, por si mañana se acuerda y vuelve a por más. Se despide con cariño y el coche se va, llevándose un poquito de la dignidad de Ana, dejando la de Candela intacta y lista para el siguiente encuentro. En el bolso lleva un monedero de color verde, con un pepino que habla pintado en la parte delantera, que dice: encuentra motivos para sonreír. Y Candela sonríe al leerlo, sonríe siempre que lo ve, pero con una sonrisa torcida que no enseña los dientes. Allí guarda las ganancias cuando nadie la ve. Candela tiene amigas. Buenas amigas, no, compañeras de trabajo. Se hacen compañía cuando hay poco que hacer y se prestan el material si se ven en un apuro. Pero a Candela no suele ocurrirle estar en un apuro. En realidad, Candela encaja los golpes con la misma suficiencia con la que se limpia las bragas con toallitas, entre BMW y BMW. Uno de esos golpes le rompió un diente que también se le ve a Ana, pero solo cuando se ríe con la boca muy abierta, y ninguna de las dos se ríe tanto normalmente. Así que todo está bien. A Candela no le piden que sonría. Su trabajo es estricto y sus tarifas inamovibles. Solo ríe cuando la Cubana, aunque sea de Cuenca, mira qué casualidad, hace chistes y se desparrama sobre una silla plegable de campo, que deja sola cuando trabaja y que nadie se atreve a tocar. Un BMW, un Audi, un SEAT, un Nissan, un Citroën, ¡hostias, un porche con dos niñatos dentro! Viejos (verdes), jóvenes (imaginativos), señores (necesitados), niñatos (groseros), adolescentes (demasiado jóvenes). Un cigarro, otro cigarro, otro más. Candela tiene los mismos escrúpulos que sus compañeras. No tiene. Pues ese podría ser un viernes cualquiera, bueno mío no, que la puta es Candela. Yo soy débil, Candela no. Yo tengo tres hijos, Candela no tiene nada. Yo me trago la mierda de otros, Candela también.

Nía Estévez Portillo

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