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Llevaba veinte años viviendo en aquella casa de dos plantas y nunca había notado nada extraño en ella hasta ese día.
Era un edificio viejo, con dos viviendas por planta, exceptuando la suya. Los antiguos dueños, una familia numerosa de extrañas costumbres, compró la vivienda superior para poder unirlas y tener así más espacio para la familia.

A pesar de la obra que debió suponer unir esas dos viviendas, cuando Mercedes y su hija Marina entraron a vivir allí, estaba en un estado poco alentador, aunque en las condiciones suficientes para acogerlas bajo su techo.

En veinte años le había dado tiempo a ahorrar para arreglar las cuestiones más necesarias de la casa y obviar otras menos importantes. Lo justo para que su vida fuera cómoda ajustándose a las normas de la comunidad. Solo hacía seis meses que Mercedes se había quedado sin trabajo, solo hacía seis meses que pasaba más tiempo en casa del que a ella le gustaría, pero incluso en ese tiempo, nunca antes había escuchado aquel ruido incesante y taladrador de cerebros que no la dejaba pensar.

Llevaba al menos dos horas con las manos en los oídos, intentando poner orden a sus pensamientos. Echando fuera los nervios, el miedo, la incapacidad de consolar a Marina que se acurrucaba en la pierna de su madre con la paciencia infinita de una hija que espera la solución del adulto. En cada insistente golpe, Marina, sentada en el suelo, apretaba la pierna de Mercedes que reposaba intranquila en el sillón orejero de segunda mano que tenía junto a la ventana.

La lluvia infernal de las siete de la tarde, caía fina y dura como navajas. El repiqueteo contra las ventanas, tan violento, añadía a su angustia un eco insufrible que ensordecía a la niña y sus preguntas, mamá, ¿nos vamos ya?.
Marina comprendía tan bien como su madre las circunstancias de su desasosiego, pero aún no tenía la capacidad de expresarlo con palabras. Sus profesores de sexto de primaria, llevaban todo el curso alabando su inteligencia y ella sentía que tenían razón, pero su vocabulario no era lo suficientemente extenso, como para poder nombrar el miedo que provocaban aquellos golpes sobre la madera.

Pum Pum Pum, siempre sonaban de tres en tres.

En la calle, una algarabía incomprensible se escuchaba tras la cortina de agua. Traspasaba la iracunda lluvia y los cristales de su casa y se sumaba al cúmulo de ruidos incoherentes que agitaban los pensamientos de Mercedes sin control. Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo, tengo que hacer algo… Un mantra improvisado se apoderó de su boca al mismo tiempo que Marina se levantaba del suelo, dejaba la seguridad de las piernas de su madre, y caminaba hacia la puerta, mamá, nos vamos ya.

Al notar el movimiento de la niña, Mercedes bajó las manos hacia las piernas y al dejar libre las orejas, pudo distinguir los gritos de la calle, se levantó con violencia para evitar que la niña llegara hasta la puerta, pero el miedo seguía adormeciendo sus pensamientos y su reacción fue lenta. Un, no abras la puerta, se le quedó atravesado en la garganta, mientras Marina, parada ante la madera vieja y estremeciéndose con los golpes, pum pum pum, estiró la mano hacia el pomo. Mamá, tenemos que irnos ya. Pum pum pum.

Abajo la muchedumbre gritaba a pleno pulmón mientras Mercedes no era capaz de articular palabra. Mamá… La puerta se abrió y los golpes desaparecieron. Mamá… Marina no lloraba, Mercedes se ahogaba en llanto y en lluvia y en gente. Sus oídos recuperaron la capacidad de escuchar más allá del sonido incesante de los golpes que ya no sonaban, levantó la cabeza, agarro a la niña de la mano y por fin escuchó con toda la claridad que le faltaba al día.

— Señora Mercedes Álvarez Urrutia, vengo del juzgado y debemos proceder al desahucio.

Nía Estévez Portillo

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