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La cabeza envejece más despacio que la piel y eso es unan putada. Sentirse joven cuando la capacidad motora no acompaña, nos lleva a sentirnos ridículos en más de una ocasión. Cuando vas a coger peso y dices, yo puedo; cuando dices, yo aguanto lo que me echen, pero te cansas a los pocos minutos. Entonces, todo tu ser se convierte en un campo de batalla sangrienta entre lo que quieres y lo que puedes hacer.
Pero todo no son desventajas, no nos pongamos fatalistas. Las arrugas dan derechos. Según la profundidad del surco, empiezas a tener cierta libertad para dejar de morderte la lengua. Eso sí que es ser libre y no esa manía de los veinteañeros por viajar. No entienden que quince días de vacaciones son solo un espejismo que les afloja las cadenas del trabajo o los estudios.

Otra ventaja es dejar de hacer dietas. El deterioro evidente del saco que nos envuelve, nos exenta de dejar de darnos caprichos gastronómicos. Y es que estar delgada a cierta edad parece acercarnos más al final del camino. Digamos que tenemos peor pinta, más insana. Así que, si estás bordeando los sesenta empieza a acumular la grasilla en el abdomen o vas a empezar a parecer una muerta. Bienvenidos sean los aperitivos entre horas.

Otro conveniente de un cuerpo viejo, podría ser que ya toca estrenar cosas. Te pones fino. Estrenas dientes, por ejemplo, y, además, son más bonitos, blancos y alineados que hayas tenido jamás. De quita y pon, eso sí, a lo que añadimos que se limpian mucho mejor que teniendo que estar ahí explorándose la boca con el cepillo de dientes. También se estrenan caderas, de titanio si son de las buenas; o audífonos, aunque yo esto último lo evito porque me viene muy bien hacerme la sorda de vez en cuando, aludiendo a la edad, claro, para evitar la incontinencia verbal de mi vecina de arriba, de la que, por cierto, también noto otro tipo de incontinencia cuando coincidimos en el ascensor. Yo de eso me libro, de momento. Ella es que está mayor.

Nos movemos peor, pero no menos. A mí, entre las clases de zumba, de yoga, la caminata con las amigas y los bailes, no me queda tiempo ni para hacer la cama. Ahora que nadie me ve, tampoco ven el polvo, poco, que se acumula sobre los muebles y oye, soy vieja, pero algo coqueta todavía y me resisto a las gafas. Total, para lo que hay que ver… Mis amigas igual de arrugadas, en el gimnasio se me empañan y para el baile, mejor me quedo con la imaginación que sino ni bailo ni nada. Pero que tener, tengo.

Mis hijos dicen que no paro y se preocupan, pero a ellos lo que les da miedo es que ande más descontrolada que cuando vivían conmigo, lo de andar es un decir. Porque esa es otra ventaja, Se acabaron las dependencias, excluyendo los bastones, sillas o andadores, en fin, que se disfruta más de la soledad que tanto tiempo nos ha faltado. De los nietos no digo nada porque son ley. Iba a decir que se puede leer en silencio, pero mentiría, porque como no veo y no me pongo las gafas, pues eso, que no leo ni los titulares del periódico. En casa no me las pongo, no vaya a ser que venga alguien a casa y se me olvide quitármelas.

La novela no le molesta a nadie y menos aún el volumen al que la escucho, porque más que verla la intuyo. Qué le voy a hacer si ya os he dicho que no soy de gafas, aunque me pinte la raya del ojo por fuera o me parezca a Heidi con el exceso de colorete.
Eso me recuerda a mis hijos enseñándome algo en el móvil, que por lo que me han contado ya de antemano sé que no me interesa y ninguno de los dos se da cuenta de que les afirmo como a dos tontos, mientras miro en la pantalla algo borroso, que a veces se mueve y a veces no. Me río si se ríen y asiento si asienten. Todos felices.

En definitiva, lo que quiero decir es que, el deterioro del cuerpo, de los sentidos, de la vida en general, no evita hacer un Sprint y disfrutar del tiempo y de la elasticidad, no literalmente hablando, de la esencia de la vejez.

Qué más da si tienes que comer más blando, si vas al baño dos veces en media hora, si te vas sentando en todos los bancos de camino al súper o si te has hecho fan de los carros de la compra con tela de cuadros. La vejez del cuerpo no es una condena, es una oportunidad de revisar que queda por hacer para hacerlo pasando por encima de lo que haga falta, como cuando tenías quince años y te comías el mundo. La única diferencia es que ahora necesitas fijarte bien la dentadura.

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