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Me acostumbré a su amor indiferente, o a la indiferencia de su amor, no lo tengo claro.
Me miro, me critico, y llego a la conclusión, de que me convertí en una experta escapista, que aprendió a sortearle, y a dejar a un lado las continuas súplicas para que me quisiera un poco más.

Pero no sé conformarme, no es suficiente para mí. No es avaricia, es que el amor escasea. A ratos parece una sombra vagabundeando en la claridad, que lejos de esconderse, se muestra para dejarme claro, que está ahí pero no puedo tocarle.

No me importa. Le quiero de todos modos, aunque es verdad, que a veces se me hace cuesta arriba. Pero prefiero que así sea, porque cuesta abajo iríamos directos a darnos de bruces contra Cupido, y nunca me gustaron los angelitos.

Antes me hartaba de decir te quiero, y hay que ser un poco escéptica para no caer, cuando se empeñan en hacernos creer que el catorce de febrero es el día que más nos queremos. Aunque en mis carnes comprobé que a veces pasa, y me gusta, no sé mentir, los trescientos sesenta y cuatro días restantes, son todos iguales. Nos queremos y no hace falta decirlo…

Estamos en octubre y es miércoles.

 

Nia.

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