Chefchaouen

“La prisa mata”

El lema de nuestro guía dejaba claro que teníamos todo el día por delante y, por lo tanto, ninguna prisa. Caminaba despacio y con las manos a la espalda. La mirada siempre por delante de sus pies, como si quisiera acercarse con cada paso a sus pensamientos. De cuando en cuando, miraba hacia atrás para saber si nos habíamos parado en algún sitio y, si era así, buscaba asiento en cualquier parte y se echaba un cigarro o charlaba con algún conocido, pero siempre estaba pendiente.

Mohamed es un hombre pequeño, de sonrisa hueca y mirada limpia. Hablaba bajito, pero de forma sincera y nos aconsejaba los mejores lugares para fotografiar, claramente conocía el lugar como la palma de su mano. Al terminar el recorrido me di cuenta de que habíamos hecho un circuito circular, eso sí, todo cuesta arriba al ir y al volver, no me preguntéis como. Creo que la belleza del sitio no te deja pensar en el dolor de gemelos hasta que has llegado al coche para irte de nuevo al hotel.
Mohamed nos demostró que los prejuicios que traíamos de casa teníamos que haberlos dejado en España y lo hizo demostrando una honestidad que, aquí, país de la picaresca, sería difícil de encontrar.

Sucedió lo siguiente:

Sabéis que en Marruecos no es habitual el consumo de alcohol y en la mayoría de sitio no hay. Pues como buenos españolitos, decidimos que después de varios días sin cerveza, nos apetecía comer regados con un poquito de espuma y nuestro guía sabía como hacerlo.
Como estábamos con los pies a punto de perderlos, Mohamed se ofreció a ir él mismo a por las cervezas frías porque el del restaurante no tenía, pero nos dejaba consumirlas de otro lugar (todo un detalle por su parte). Cuando Mohamed ya se había ido a por ellas con el dinero en el bolsillo, nos dimos cuenta de que nos íbamos a gastar más en cerveza, que lo que nos había pedido él por su trabajo de todo el día, con lo que nuestra observación más inmediata fue pensar: «este no vuelve». Pero volvió. Con las cervezas y con la vuelta. A eso yo lo llamo, darnos una hostia sin ruido y una vez más, porque no fue la primera ni sería la última, nuestros prejuicios se vieron pisoteados por una persona amable y agradecida.

Por estas cosas me enamoré de ese país. No solo por su paisaje, sino por la gente y por la capacidad infinita de todos ellos, de desmontar la mala costumbre que tenemos de dejarnos llevar por pensamientos confundidos que no tienen ningún fundamento.

Me fascinaba la sencillez de todo el mundo, su caminar lento, su charla tranquila. El silencio. Ver a gente sola tomando un té, sin conversación, únicamente observando el espacio, ni siquiera mirando el móvil, como mucho, absorbiendo el murmullo del rezo que suena en los altavoces, en locales o en la calle.

Nia Estévez Portillo

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