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Silencio Blanco.
El café calentaba las manos y dejaba perderse a la mente en pensamientos sin sentido, descolocados, de esos de los que cuando vuelves en ti, ya no recuerdas, y cuando preguntan en qué piensas, realmente es en nada, pero también es en todo. Las cortinas de lino fino, se mecían en un baile constante pero ligero, que podía ser hipnótico, casi fantasmal. Ese baile, sumado a la luz mortecina del amanecer, que se colaba por los ventanales entornados, eran silencio.

No miraba a ningún sitio, bebía café y se hacía eco de los sonido del despertar del día. Sonidos blancos. Cómo el repiqueteo de la lluvia que enmascara al resto de sonidos de su alrededor; cómo su transparencia enmascara otras formas, si es intensa. Se percataba de unos u otros por turnos, según el viaje de los sentidos. El ruido blanco, de alguna manera, puede ser silencio. 

Apoyado en el marco del ventanal, en la hoja que quedaba cerrada, se mojaba lo pies con el salpicar de las gotas al interior. Era leve pero molesto, sin embargo, no hizo nada. Notaba el agua resbalar entre los dedos de los pies descalzos, pero se concentró en el café. Otro sorbo.

Disfrutar de la compañía de uno mismo, de la auto-conversación, era el mejor momento de su día. No siempre era posible, pero cuándo ocurría, lo disfrutaba como si acabara de descubrirlo.

Sabía que no era eterno, pero intentaría sentirlo infinito, hasta que los ruidos blancos tomaran color, volviera a sentirse los pies mojados, y alguien desde la puerta le diera los buenos días.

Nia.

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