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El tiempo lo cambia todo. La transformación no tiene por qué ser a mejor o a peor; es, simplemente, un cambio, porque la vida no es estática y las cosas sufren las vueltas al sol. La semilla acabará siendo árbol; la flor, fruto; la oruga, mariposa. ¿ Y qué hacer con esos cambios? Dejar a la mariposa ser. Admirar sus colores, su fuerza y su nueva forma de moverse por el mundo. Disfrutar del fruto, que cae del árbol, que nació de la semilla. Acompañar el cambio.
Yo quiero ser la mariposa que salió del capullo y extendió sus alas al sol. Lo que no sé, es si me falta esa parte en la que los ojos que me admiran, acompañan mi vuelo. No sé, siquiera, si lo necesito, o puedo acariciar el aire aunque nadie mire. Salí de la tela que me envolvía y me quedé borracha de néctar, posada en la flor, sin saber si podría luego, continuar mi camino sin nadie que me indique por donde seguir. Sola, abandonada a mis colores y sus reflejos, abrumada y con el vuelo errático. Buscando, quizá, otra flor. Otros ojos, quizá.
Cómo la vida es cambio y además, es corta, es posible que no me haya percatado de que se me arrugaron las alas, o se marchitó la flor. Es posible que esté volviendo a la tierra, a la semilla, al capullo. Pero, también, es posible que se quedara en un sueño, que vuelve a empezar cada noche. Es posible. Por si acaso, cuando salga el sol, me buscaré las alas.

Nia.

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