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Rozarnos la mirada fue
un suplicio incandescente,
pero si te toco,
o si me tocas…
se hubieran roto
en mil pedazos pequeñitos,
nuestros mundos.
Parece que no valía la pena,
si es que no fuimos cobardes.
Nunca lo sabremos ni tú, ni yo,
que no nos dijimos nada.
Ahora, ¿Quién sabe?

Nia.

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