SE ME OLVIDA LA MEMORIA

SE ME OLVIDA LA MEMORIA

SE ME OLVIDA LA MEMORIA

No sé cuánto hará que no hay teléfono fijo en casa de mi madre (la que antes era mi casa), pero ahora mismo soy capaz de cantar el número como si lo siguiera utilizando; sin embargo, no puedo recordar cuál es el que se marca cuando toco: Mamá, con la yema de mi dedo índice sobre la pantalla del móvil. Lo he visto bajo su nombre un millón de veces y no podría repetirlo aunque me esforzara con todo mi ser. A los quince años me sabía de memoria todos los números de teléfono de mis amigos, la calle donde vivían, el número de piso y la letra de la puerta. Hoy recordar se está convirtiendo en un acto revolucionario si lo llevamos a temas un poco más hondos. Pongamos el primer festival. Aquí tampoco había móviles y llevaba una cámara de carrete —que, por cierto, se me terminó en el momento más inoportuno—, una tienda de campaña y una capacidad apabullante de sorprenderme. La fascinación ayuda a la retención en la memoria. Mis vacaciones en coche, con mi hermano, mi madre, mi padre conduciendo, mi abuelo y el perro —que era un bobtail recostado a mis pies—, son un cuadro fijo con marco dorado en mi cabeza, y no puedo evitar una sonrisa al recordar. Las redes sociales nos obligan a un presente permanente y cambiante a gran velocidad. De unos años a esta parte estamos externalizando nuestra memoria en móviles, GPS, tabletas, televisiones inteligentes, etc., perdiendo nuestra esencia y la capacidad de rememorar a nuestro antojo lo que se ha vivido. Ahora, para vivir, necesitamos que aparezca en el icono de fotos. Si lo miramos por el lado positivo, la memoria se ha convertido en una virtud. Incluso el cuerpo esconde memoria en sus cicatrices. En el mío se recuerda un parto, una caída de bruces sobre un bordillo a los seis años, un chupachups traicionero y más, tanto que estoy hecha de ellas, entre otras cosas.

Personalmente, disfruto recorriendo casas viejas y abandonadas, tratando de imaginar cómo era la vida cuando estaba entera, ajustándome todo lo posible a una época; visitar castillos y pueblos sabiendo de antemano algo de su trayectoria. Arañar la historia es ahondar en la memoria. Estudiarla es ejercer conocimiento sobre el futuro. No deberíamos dejar que se pierda la memoria. Ninguna. Ni la de nuestros mayores, ni la de nuestro presente, ni mucho menos la de nuestro pasado, porque es la capacidad de recordar la que nos salva de nosotros mismos y, en los tiempos que corren, se nos están olvidando cosas tan importantes como que todos pertenecemos al mismo mundo independientemente del lugar de nacimiento, que amar es amar sin importar a quién o que los animales no merecen sufrir porque son seres vivos y no elementos de fiesta. Recordemos, hagamos un esfuerzo por bucear en nuestra historia y tratemos de no cometer los mismos errores para volver a disfrutar de todo lo que alguna vez nos hizo felices.

Nia Estévez

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