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La herencia de la sangre que no es capaz de decirse te quiero, a pesar de los ojos que lo gritan. Evitar el nombre de antaño para crear uno nuevo, más superficial y mentiroso que ninguno. Ese miedo al bisturí de los sentimientos que nos abre en canal, que nos desangra los ojos. Las ganas latentes del abrazo. El amor contenido, el rechazo dormido. Heridas que se curan pero que siguen visibles, aunque no duelan como antes y que siguen sembrando la duda en conversaciones pendientes en las que, ya no hay nada que decirse.
Esos somos nosotros, los que quedaron e intentaron enterrar los errores para seguir el camino que nos marca la vida, tomándonos de la mano. Y sí, atémonos más fuerte los lazos, para que nunca más vuelvan a soltarse.
Esos somos nosotros, aprendiendo a quererse de nuevo, si es que alguna vez dejamos de hacerlo.

Nia.

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