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3

EL CRISTAL VERDE

La ventana del despacho de Isabel se encontraba reparada, por fin. Era aquel un edificio viejo, y habían usado repuestos de cristaleras antiguas, para no demorarse en el buen mantenimiento de las instalaciones. La doctora se fijó en el cambio evidente y chapucero, que habían hecho en la ventana. Pero, dado que era otoño y  hacía frío, además del viento casi constante, que azotaba aquella parte del edificio, no dejaba de ser un alivio que la hubieran arreglado ya, para no tener que llevar la chaqueta puesta durante el tiempo que permaneciera en el despacho.

Estaba esperando a que llegara la paciente. Un enfermero, el mismo que estaba siempre pendiente de si necesitaba algo, había ido hasta el comedor a buscar a Helena, que se encontraba desayunando. Aún no controlaba los horarios de los residentes, y había decidido darle algo de tiempo a que terminara de tomarse el café. El suyo, descansaba sobre la mesa del escritorio, casi frío, al lado de la carpeta con la historia. La foto de Helena, sujeta con una grapa a una esquina superior, de la parte interior de la carpeta. La imagen de la fotografía no le hacía justicia a la paciente. Se la mostraba más demacrada de lo que estaba en realidad, quizá la estancia en aquel lugar, la había mejorado, respecto a la cara que mostraba su archivador. Ojeras marcadas, labios en una línea recta y fina, la tez muy pálida, el pelo más largo que ahora. 
Había tenido mucho tiempo para leer y releer, los motivos de la condena de aquella mujer. Se planteó que hubiera hecho ella en su situación. «Todo el mundo es susceptible de perder la cabeza ante una situación como la que ella vivió, ¿Quién no se volvería loca con una cosa así?» Cuando se dio cuenta de que se estaba colocando del lado del agresor, sintió un escalofrío y se recriminó a sí misma haber perdido su lugar.

—Nunca hay una justificación. —Dijo en voz baja, para si.

—Si tiene por costumbre hablar sola, quizá debería ser usted mi compañera de habitación. Desde que se suicidó estoy algo sola.

—¡Dios Santo! Voy a tener que pedir que le pongan un cascabel.

Helena estaba de pie, junto a la puerta, esperando a que se pasara el susto que había provocado, cuando se fijó en el suelo, justo al lado del sillón que ocupó el día anterior. Los nervios se apoderaron de ella. Rompió a sudar y trató de marcharse, obligando al enfermero que estaba detrás, a agarrarla por los hombros y llevarla hasta el asiento. Cedió. Sus ojos estaban fijos en aquel reflejo. El sol entraba con fuerza por la ventana, traspasando con sus rayos los cristales, y un haz de luz que se colaba por la reposición del cristal, se coloreaba de verde, reflejándose en el suelo. Marcando las baldosas de ese color, de forma intensa.

—¿Se encuentra bien? —Isabel se acercó a su paciente, intrigada por aquella reacción repentina, que no tenía motivo aparente. —¿Por qué se ha puesto tan nerviosa, qué ha pasado?

Helena metió su mano derecha en el bolsillo del chándal. La cicatriz de la palma le ardía y le picaba al mismo tiempo. Se rascaba con fuerza sin sacarla de su escondite, con los dedos de la misma mano.

—Veo que ya han arreglado la ventana. —Miraba arrugando la frente y de reojo, hacia el resplandor verde.

—Si te molesta el sol, puedo cerrar la cortina. —La tuteó.

Helena asintió y la doctora hizo lo propio, mientras observaba el cambio evidente en aquella mujer. La misma que el día anterior había desafiado su autoridad y sus conocimientos médicos, estaba ahora hundida, sudando y replegada sobre si misma. Escondida. Aprovechó esta ocasión de debilidad para acercarse más a ella, en lo concerniente a su caso.

Le colocó delante, sobre una mesa baja, una especie de juego para resolver, mientras le hacía preguntas, caminando a su alrededor. Helena seguía con una mano en el bolsillo, no soportaba aquella quemazón, le dolía la cicatriz. La cortina, en un tono claro y de tela ligera, tenía dibujado los cuadrados de los cristales sobre la tela, incluido el verde. Decidió usar su izquierda para mover las piezas del juego. Tenía que distraerse de la cortina, de la ventana.

—¿Sigues teniendo pesadillas? — Helena asintió. — En el historial dice que siempre es la misma, que en el sueño aparece tu hija, se llamaba…

—No digas su nombre — Lo dijo sin apartar la mirada del juego y sin dejar de mover las piezas.

—¿Ha variado alguna vez, en estas últimas semanas? —Helena negó con la cabeza. — Entiendo que te cueste hablar de…

—No digas su nombre. —Se removió sobre el suelo, al lado de la mesa, cambiando la posición de sus piernas.

—En algún momento tendrás que ser capaz de enfrentarte al hecho de que ya no está. De que fue doloroso y de las circunstancias de su muerte. Para rehabilitarte tienes que ser capaz de aprender a vivir sin Alba.

El sonido de aquellas letras retumbaron en su cabeza. Una ola contenida de odio, de miedo, de culpa, le subió desde los pies hasta la cabeza. A-l-b-a. Al-ba. Alba. Le dolía la mano y le palpitaban las sienes. La habitación se nubló. Isabel de pie, a su lado.
La mesa y el juego con todas sus piezas, saltaron por los aires cuando Helena se levantó del suelo y se abalanzó sobre la doctora, sentándola sobre un sillón, sujetándola por el cuello. Sus caras estaban tan cerca que las gotas de sudor que corrían por la frente de Helena, resbalaban por su nariz y se posaban en la cara de Isabel. Fue un movimiento rápido, que dejó sin tiempo de reacción a la doctora. Durante unos segundo eternos, se mantuvieron así, la una pegada a la otra, hasta que Helena le fue soltando con las dos manos.

La mano derecha sangraba y había dejado marca en la camisa, antes impoluta, de su doctora. Para cuando el enfermero entró en el despacho, Isabel se encontraba sentada y repuesta, y Helena que había vuelto a meter la mano en su bolsillo, estaba recogiendo las piezas del suelo con la otra mano. La luz había vuelto a la habitación y el resplandor verde sobre el suelo, cegaba a Helena, obligándole a entrecerrar los ojos.

—Isabel, ¿Todo bien? — Temía haber llegado tarde a algún percance y miraba a su alrededor, intentando descifrar que había pasado allí.

—Ya hemos terminado. Que le curen la mano.

Un comentario en «EL CRISTAL VERDE Capítulo 3»

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