Cuidar y ser cuidado

Cuidar y ser cuidado

Las personas somos seres sociales que hemos aprendido a elegir vínculos que crean redes afectivas. Los amigos, la familia, los vecinos nos salvan y nos cuidan. Ellos son capaces de estar o implicarse sin que nadie se lo pida y elevarnos en los momentos más oscuros. Sostener y dejarse sostener son dos conceptos que, aunque cercanos, están muy alejados en lo que a su ejercicio se refiere. El cuidado de los demás es un gesto natural, una herencia emocional que aflora cuando percibimos la fragilidad de otro. Una acción a veces invisible que surge como algo cotidiano. Se trata de repetir el gesto sin pretensión alguna. Ese que alguna vez nos fue entregado de forma ligera, engrosando la bondad discreta de quien nos quiere; porque cuidar es la forma más silenciosa de amor, pero también la más profunda. Al menos así debería ser.

Cuando la obligación se impone, el vínculo no existe, el roce es áspero y las miradas amargas. El dolor del abandono trasciende la piel y los gestos se convierten en movimientos toscos que nada consuelan. Para cuidar bien, debe ser inherente a la persona y ser capaz de ceder espacio en la entrega a otro, de nuestro tiempo o de nuestra vida, y alejarnos del yo. Eso implica un esfuerzo inconsciente que brota cuando alguien nos importa. No hacen falta heroicidades, solo presencia. Hay muchas formas de cuidar.  Coger la mano, hacer una llamada, acompañar en el llanto callado. Sin discursos emotivos ni consejos vanos, simplemente estando. No hace falta nombrarlo todo para entender. Hay que leer por debajo de las palabras, por encima de la falsa valentía; hay que entender los silencios y arropar en un abrazo callado todo lo que brota de dentro. Cuidar es acompasar nuestros tiempos a los tiempos de otro.

Ser cuidado es otra cosa. Incluso se puede ser buen cuidador y no dejarse cuidar. Reconocer en uno mismo la vulnerabilidad es un ejercicio titánico que choca frontalmente con aquellos que se preocupan por nosotros. Dejar que el amor ajeno te aborde en lo más íntimo de las vulnerabilidades es, necesariamente, un desprendimiento del orgullo que se refleja en un acto de confianza en quien quiere sostenernos. Se trata de entender o aprender a recibir esa mirada que nos envuelve en la necesidad de lo que nos falta. Dejarse cuidar es dejarse querer en el peor momento y no todo el mundo está dispuesto a reconocer el miedo. Aceptar imposiciones no es fácil, aun sabiendo que nos conviene; es consentir y dejar arrastrarse por la ola sin poder calcular a qué orilla nos lleva. Pero cuando la entrega sucede en cualquiera de sus formas, el cuerpo se vuelve liviano y la generosidad se impone en cualquiera de las partes, bien sea por ser cuidado, bien porque nos permitan cuidar.

Amar nos suaviza la vida. Cuidar la sostiene.

Nia Estévez.

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