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Equilibro en un acero fino
tus desprecios y mis ganas
y tropiezo con las nubes
que me sujetan por la ropa (rasgadas).
Me sangran los pie descalzos,
se ríe el viento que roza mi cara
me clavo tus tormentas,
me escondo tras mis muros.
Empújame al vacío
déjame caer al abismo de tus besos,
déjame morir en tus ritmos,
déjame dejarte o dejarme.
Sucumbí a la soledad
de los días contigo
y nada importa ya
sino las horas de invierno.
Mi fuego se apagó llorando.
Tu risa la apagó mi llanto.

Nia Estévez Portillo.

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