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Por fin comprendió que para superar algunos miedos hacía falta entenderlos.

Llevaba con miedo cuatro años, cuatro largos años de renuncia a muchas cosas que antes la hacían feliz. Cuando en el pasado un incidente la alcanzó de forma indirecta, empezó a hacerse consciente de algunas situaciones que antes pasaban desapercibidas.
Su latido extra siempre había estado ahí, sin embargo, habían convivido sin problemas ni sobresaltos durante toda la vida y fue entonces, justo después del incidente, cuando su mente tomó el control y su corazón insistía en el tercer latido llamando la atención sobre su miedo.

Miedo era la asociación directa con ese latido demás. La sensación de susto que dejaba aquel pum que le sobraba al resto de los mortales le paralizaba el cuerpo y acrecentaba el terror que alimentaba su inseguridad. Cuatro años de miedo incontenible, incontrolable, incompresible.

Los ataques de valentía nunca fueron suficientes y se engañaba sí misma diciéndose palabras balsámicas con las que conseguía una calma transitoria.

Un momento, esa porción de tiempo que transcurre en noventa segundos, fue suficiente para evaporar tanto tiempo de inseguridades.

— Doctor, lo que más me preocupa es esa taquicardia rara que me hace el corazón de vez en cuando.

— Eso es un latido extra. No es importante, no pasa nada ni tiene por qué afectar a tu vida cotidiana. Ni siquiera al deporte…

Le miraba mover los labios, pero su mente estaba estática en: No tiene por qué afectar a tu vida cotidiana, nueve palabras que le salvaron la vida.
Cuatro años de asociación al miedo. Noventa segundos de explicación. Nueve palabras de luz.
Lleva corriendo sola unos cuarenta minutos. El sol le caliente la cara, el móvil le marca la cadencia con un pitido leve que se escucha suave por encima de la música y todos los sonidos se mezclan con la respiración sofocada del deporte.
El tiempo se ha perdido y aquellos años ya no están. El único tiempo que cuenta ahora es el que le cuenta el reloj deportivo.
El tiempo es relativo y nueve palabras contenidos en noventa segundos, pueden cambiar una vida.

Nia Estévez Portillo.

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