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Un plantel de plumas verdes se extiende por debajo de mis pies. También va más allá. Está moteado de flores amarillas, minúsculas, que se mueven lento al compás de la brisa. Se difuminan las raíces insurrectas de la encina y la luz suaviza el oscuro de su corteza vieja. Las sombras de la copa bailan sobre su tronco, formando un teatrillo lento, que hipnotiza. La música de las tórtolas, de las cigüeñas y de algún otro pajarillo del que no conozco su nombre, acompaña la actuación. Me siento a disfrutarlo acurrucada entre las plumas y huyendo del fresco, bajo mi bata. De vez en cuando cierro los ojos, respiro profundo buscando el olor de la brisa. Los cierro solo por placer, por intentar retener esa imagen en movimiento para siempre.

Nia Estévez Portillo

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