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Amanece plomizo, lleva lloviendo desde ayer por la noche y no hay visos de que vaya a parar de momento. En la televisión, dice la chica del tiempo que hasta el Lunes estaremos así. Son dos borrascas que tienen nombre propio.

De un tiempo a esta parte, escucho nombres de borrascas, tormentas y otras cuestiones meteorológicas, pero no ha sido hasta hace dos días, que me enteré de porqué le ponen nombre. Al parecer, sólo lo hacen con las que pueden causar daños importantes.

A lo mejor es por eso, que cuando nacemos nos buscan un nombre. No existe un ser humano en la tierra que no tenga uno, y nos estamos cargando el planeta entre todos.

Me asomo a la ventana y me doy cuenta de que el cielo tiene el mismo color a las nueve de la mañana que a las cuatro de la tarde. Cuando me quedo mirando la lluvia sentada en el porche, tengo la sensación de que el sonido, la brisilla húmeda y esa claridad que duele a los ojos, pero que no alumbra nada, deja en el corazón cierto poso de melancolía; dura, lo que dura entrar al salón y encender la tele, pero en cierto modo es agradable. El silencio está cargado de ruidos que pasan desapercibidos, como el perro que ladra o el murmullo del agua. Las manos se me quedan heladas pero no hace frío. Es uno de esos días en los que te apetece acurrucarte en el brasero, poniendo los pies encima ,hasta que empieza a oler a quemado de los calcetines, aunque como digo, no hace frío.

La parte delantera de mi casa, está completamente encharcada. Hubo un tiempo (un año de mucha lluvia) que teníamos que abrir la cancela calzándonos primero las botas Katiuskas, pero hace ya algún tiempo que arreglamos el camino. Hay tanta agua que podríamos echar patos. Ahora que lo pienso, me parece una escena de Macondo en sus “Cien años de soledad”(Gabriel García Márquez, que maravilla), sólo que aquí estará lloviendo menos tiempo.

Hablando de tiempo, serán cosas mías, seguramente, pero me da la impresión que desde que el bicho (también con nombre propio) nos acecha y tenemos que recluirnos más en casa, el tiempo ha cambiado. Por estos lares llueve más, de otra forma, una que no recuerdo. Este verano que nos tocó no salir de vacaciones tuvimos tormenta veraniega. No veía una desde que era una niña, es que ya no existían en mi tierra. Que se yo, serán cosas mías, seguramente, pero creo que la tierra agradeció que la dejáramos en paz durante algunos meses. Que se yo, serán cosas mías, seguramente.

El tiempo, que indefinido a veces. Que rápido ha pasado cuando te das cuenta de la edad de tu hijo, cuando nos hace volver la vista y acordarnos de cuando ‘nos moceábamos’ (no soy tan mayor como puede reflejar esa expresión, aunque ya no soy una niña), de los viajes con sus anécdotas, de los años compartidos con la misma persona, mudanzas, etc. … Que lento sin embargo cuando estamos en cualquier sala de espera, aunque yo siempre llevo un libro en la mochila y por mí como si estoy allí dos horas, aunque sé que no es lo normal.

Pues resulta que yo me imaginaba, justo antes de la adolescencia, vestida de oficina, todo elegancia y sofisticación, siendo algo como abogada. Me tengo que reír porque nada más lejos de la realidad. Acabé siendo una hippie que escucha Marea y se pirra por los festivales, casi nunca llevo ropa ajustada y para nada me acerco a la sofisticación. Además, no hice una carrera (para desgracia de mi madre) y lo que de verdad me gusta se aleja mucho de la abogacía, prefiero la historia.

Me equivoqué. Me hicieron elegir cuando sólo tenía catorce años y me equivoqué, pero lo peor, es que no pude rectificar porque tardé en darme cuenta de lo que quería. Qué bien por esos adolescentes que están tan centrados, que lo tienen clarísimo desde bien temprano. ¿Acaso nadie me preguntó qué quería ser de mayor? Yo no me acuerdo. Ahora siento que se me ha hecho tarde y paso del cuento de que no hay edad. Que lo no la habrá, no te digo que no, pero las cosas tienen su momento y cuando ha pasado, se hace muy difícil, porque el tiempo sólo se conduce hacia adelante, todo lo demás, son recuerdos.

A veces, el tiempo se hace pasado cuando recuerdo que quería ser, pero inmediatamente se hace presente, cuando me doy cuenta de lo que soy y de que además, me gusta.

Ahora es de noche, por la ventana solo acierto a reconocer la encina de al lado de la ventana, un olivo que no esta muy lejos y la luz del porche de los vecinos, a causa de esto veo mas allí, en su casa, que aquí. No me gusta la luz artificial, no me deja ver la oscuridad de la noche, que es lo que toca. No entiendo a la gente que la deja encendida toda la noche, si no estás fuera ¿para qué? Durante el día tenemos luz, con mas o menos intensidad, como hoy y por la noche oscuridad. Cada momento tiene sus circunstancias.

Ahora mismo, estoy en un momento, en el que el tiempo se me pasó rapidísimo, el caso es que desde que empecé a escribir esto, han pasado dos horas.

Sigue lloviendo.

 Nia.

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