Llorona.
Un hombre de unos cincuenta y pico años llora mientras relata una historia de superación. El relato conmueve, sin duda, o al menos a mí se me humedecen los ojos. Soy de llanto fácil, lo confieso, pero así y todo, creo sinceramente que más de uno se ha sorbido los mocos disimulando, mientras escuchaba al señor en la televisión. Eso fue —cuando llegó— extranjero, porque dice que lleva aquí unos veinte años, que llegó sin nada y ahora, gracias a su esfuerzo, tiene una cadena de restaurantes en una zona de costa. Me provoca admiración.
Le rodean varias personas, dos hombres y una mujer, que escuchan mientras picotean un plato que luego deberán juzgar —con más mala leche que criterio, creo yo—, para tratar de ganar un concurso. Todo cuenta en el show, no solo la comida, también la historia personal o las ambiciones de cada uno, y ellos se afanan en construirse su personaje profesional. Nunca lo consiguen porque ya se encarga el presentador de meter el dedo en la herida y sacarle las miserias personales.
Cambia el plano en la televisión a la vez que me seco la lagrimilla con la mano, cuando la señora que estaba a la mesa, que calculo debe tener la misma edad que el relator, suelta al amparo de una soledad ficticia (porque está delante todo el equipo del programa): «No hacía falta llorar, debería haberse contenido». No se lo dice al emocionado ni al equipo de la tele, tampoco a los espectadores; desde fuera parece un pensamiento en voz alta que sugiere que esta señora no ha llorado nunca en público.
La contención. Lo que no soy capaz de entender es el porqué de ese comentario. Por qué debemos contener el llanto ante otras personas, más aún si son desconocidas. Por qué alguien siente vergüenza ajena si otro demuestra vulnerabilidad. Qué amenaza encierra una emoción visible. ¿Las apariencias? Nos educan en la disciplina sentimental que a veces está bien, como cuando se nos cuelan con descaro en la cola del súper, o atienden una mesa que llegó después, cuando nos levantan la voz, etc.
Pero contener un sollozo es ahogarse en uno mismo. Contener un abrazo es abandono. Contenerse en un beso es negarle al cuerpo el movimiento placentero de treinta y cuatro músculos para aumentar el bombeo de sangre al corazón. Esconder ciertas emociones es una respuesta común a imposiciones sociales. Yo pienso dejarme llevar siempre.
He llorado en infinidad de lugares y rodeada de personas que no he vuelto a ver. Lloré en el gimnasio y en la consulta de un pediatra. He llorado en un centro comercial y bailando una canción especial. Lloro mucho, muchísimo, si veo llorar a otros. Llorar es sano y emocionarse con el llanto ajeno apartando la vergüenza nos hace mejores personas. Puedes llamarme llorona, si quieres, pero llorar no es de niñas, ni de débiles; llorar es humano, y una cultura que valora la expresión emocional contribuye al entendimiento.
Nia Estévez
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Tiempos recios


