Malas Noticias

Si pudiéramos saber cuándo es la última vez que hacemos algo, lo disfrutaríamos más, pero normalmente no podemos adivinarlo. Cuando algo que disfrutas se convierte en rutina, pierde cierto grado de placer. Eso es normalmente, pero en otras ocasiones hay avisos no concisos que nos ponen en alerta y nos obligan a plantearnos nuestras acciones como si fueran las últimas, aunque en realidad no esté claro.

Alguna vez he sostenido entre las manos varios folios, negro sobre blanco, donde figuraban palabras de las que no siempre entendí el significado en su sentido más estricto, pero que al mirar de lejos, nublando un poco la vista, se comprendían perfectamente. Esos folios eran relojes de tinta. Eran un esquema del tiempo perdido, de las veces que no se dijo lo que se necesitaba. Una posible cuenta atrás.

No hablo de mí misma, quiero decir, que aquellos documentos no han llevado mi nombre nunca. Pero es que el nombre propio no pesa, no deja poso en uno mismo, más allá de una reflexión de lo que puede que falte por hacer o de lo que ya se ha hecho. Por uno mismo, uno se rinde o lucha cuando toca, sin culpar a nadie y sin exigencias. Sin embargo, cuando es otro nombre el que figura, la cosa cambia.

Los nombres tienen el curioso talento de acariciarnos la boca sin darnos cuenta. Dejar sabores sobre la lengua y hacer cosquillas que llegan hasta el estómago. Nuestro nombre en boca de otro hace magia. Leí un nombre con sus apellidos, que es como recorrer la cabeza, el tronco y las extremidades de alguien. Del alguien al que regalaron una vez un conjunto de sonidos, que será suyo para siempre. Un nombre que es un regalo de momentos lejanos que ahora se han empeñado en repetirse en una lágrima tras otra.

No es una despedida, es una rabia contenida en cada letra de ese nombre, que releo mil veces para cambiar el sabor amargo que se desprende cuando se extrae el sonido de esos folios. Hay una guerra entre el papel y mi boca por sostener ese nombre, porque creo que solo uno de los dos es el verdadero poseedor de cada letra.

Solo uno tiene el derecho de posesión. Por supuesto, creo que soy yo y estoy dispuesta a lo que sea para ganar el nombre y el mérito. Pero cuando unos folios de esas características nos son entregados, no depende de nosotros esa guerra.

Las malas noticias no las quiere nadie. Tanto es así que aquel que las tiene las entrega, y se recogen sin roce, pero notando el frío que han dejado grabadas las palabras que, un momento antes, han flotado en el aire. Se han posado en el papel y han sido entregadas.

Cuando nos dan malas noticias, nos entregan un mal sueño del que despertar requiere un esfuerzo que no siempre depende de nosotros.

Nia Estévez

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